Una buena manera de aproximarse empieza por diferenciar la sensibilidad de la alergia. Hasta el año 2000 no hubo literatura científica que abordara el problema, y muchos dermatólogos no lo consideraban siquiera como tal, sino que pensaban que era un término acuñado por las marcas de cosmética. Es un síndrome tan complejo y heterogéneo que solamente definirlo supone un reto para todos los dermatólogos.
Su diagnóstico es complicado. No tiene por qué mostrar signos visibles más allá de pequeñas rojeces o descamación (la tirantez, el picor y el malestar son, por el contrario, síntomas habituales).
Tampoco es constante en su manifestación: varía en función de condiciones ambientales, como el frío y calor extremos o el viento; al usar cierto tipo de cosméticos y ante cambios hormonales o situaciones de estrés.
Sin embargo, alrededor de la mitad de las mujeres españolas -en los hombres este porcentaje desciende hasta el 28%, según la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV)- se queja de tener una piel sensible. Y las cifras se incrementan cada año, al menos en los países desarrollados, donde el ritmo de vida, la contaminación, la sobrexposición a sustancias químicas o el uso de cosméticos mal adaptados conforman el mejor caldo de cultivo para su aparición.
El problema es que nos encontramos ante una patología que no puede tratarse con facilidad. Como recuerda
Leonor Prieto, directora científica de
La Roche-Posay, laboratorio especializado en el cuidado de estas pieles, «hasta el año 2000 no hubo literatura científica que abordara el problema, y muchos dermatólogos no lo consideraban siquiera como tal, sino que pensaban que era un término acuñado por las marcas de cosmética».
El principal motivo de este desconocimiento no es otro que la subjetividad de los síntomas. «Sus signos se traducen en una molestia; el paciente suele hablar de sensación de ardor, picor, irritación o, incluso, inflamación», corrobora Prieto.
Para complicar el panorama, muchas de las personas afectadas por este cuadro (un 37%, de acuerdo con un estudio elaborado por La Roche-Posay) no acude a un médico para tratarlo.
La doctora
Esther Serra, miembro de la AEDV y coordinadora de la Unidad de Alergia Cutánea del Hospital Sant Pau de Barcelona, reconoce que se trata «de un síndrome tan complejo y heterogéneo que solamente definirlo supone un reto para todos los dermatólogos».
Una buena manera de aproximarse empieza por
diferenciar la sensibilidad de la alergia, con la que, por cierto, se suele confundir en muchas ocasiones.
Mientras que esta última se produce tras ponerse en contacto con el
agente alérgeno (que puede ser identificado mediante pruebas), provocando en la dermis una respuesta del sistema inmunológico -con signos visibles como el eritema, la erupción, eccemas-, la
reactividad (como también se conoce a la piel sensible) pone en marcha un mecanismo inflamatorio en el que se dilatan los vasos sanguíneos.
«Su origen se encuentra en la reducción del umbral de tolerancia de la piel ante estímulos que habitualmente son bien admitidos», afirma
Manuel López, farmacéutico y portavoz de los laboratorios
Pierre Fabre. En consecuencia, explica, «la función barrera, responsable de proteger el tejido de la penetración de factores irritantes, se hace cada vez más vulnerable».
En los últimos años, se han identificado algunas pistas que ayudan a detectar quién es propenso a esta sintomatología.
Por ejemplo, es más frecuente entre mujeres con piel seca y clara (
fototipos I y II). También han de estar atentos quienes hayan padecido episodios de dermatitis seborreica o atópica y rosácea, y aunque no esté obligatoriamente relacionado, los individuos con tendencia alérgica.
Sin embargo,
Prieto insiste en que «es cierto que existen personas predispuestas porque su umbral de tolerancia es más bajo, pero todas las pieles pueden manifestar sensibilidad en algún momento de su vida».
En cuanto a zonas, el rostro, expuesto a las agresiones externas, es la parte del cuerpo donde más se reconoce una piel sensible. Aunque cada día un mayor número de pacientes acude con molestias en las extremidades y en el cuero cabelludo. En estos últimos casos se suele tachar de responsables a productos tradicionalmente agresivos, como las tinturas.
Precisamente, los laboratorios
Wella han desarrollado una coloración para minimizar el riesgo que, incluso así, puede generar alergias en el 1% de la población. En su fórmula, y tras 20 años de investigación, han sustituido las moléculas pTD y pPD, empleadas desde hace un siglo por su amplitud de tonos y cobertura, por la ME+, que disminuye la aparición de reacciones.
¿Y el amoniaco? «No está declarado como factor de las dermatitis, aunque sí puede ser irritante tanto para la piel como para las mucosas respiratorias», aclara
Carlos Colás, jefe de Alergología del Hospital Clínico de Zaragoza.
El doctor explica que mientras la irritación se caracteriza por aparecer inmediatamente, en forma de picor o enrojecimiento, tras la aplicación del producto, una alergia puede tardar hasta 72 horas en desarrollarse. «Por esta razón», aconseja, «las pruebas que se hacen en la peluquería antes de teñir deberían realizarse un par de días antes».
Con los parabenes sucede algo similar al amoniaco.
Existe una corriente que defiende prescindir de estos conservantes, usados tanto en cosmética como en alimentación por su gran poder antibactericida, pero los casos de sensibilización frente a ellos son mínimos.
«Son mucho más frecuentes las reacciones a otros conservantes, como el
kathon», afirma la doctora Serra que, sin embargo, recomienda que las pieles sensibles opten por formulaciones cortas: «Cuantos menos perfumes, conservantes, tensioactivos y sustancias irritantes contengan, mejor», asevera.
En este sentido, la directora científica de
La Roche-Posay da una regla de oro: «Quienes intuyan que tienen esta tipología cutánea deben aplicarse cremas, geles y champús desarrollados específicamente para pieles sensibles o hipersensibles».
Prieto señala que estos productos, aunque presentan limitaciones -en su marca supone usar solo un 10% de los activos y un 20% de los conservantes autorizados-, están cada día más logrados y no solo hidratan o calman la piel, sino que también la tratan contra los signos del envejecimiento, el cansancio...
Como norma general, se recomienda usar aguas termales para calmar la piel, desmaquillarse con leches limpiadoras o tónicos sin alcohol, evitar los exfoliantes muy potentes así como las dermoabrasiones o peelings agresivos, y ducharse con productos suaves, como los syndets (pastillas limpiadoras que no contienen jabón), y agua templada.
También es importante huir de cambios bruscos en la rutina de belleza e introducir las novedades poco a poco, observando cómo las tolera el organismo.
En realidad, estas pieles, imprevisibles y difíciles de controlar, requieren atención y el mejor secreto (o al menos el primero que se debe tener en cuenta) es aprender a escucharlas.